La revolució espanyola de 1820 i las jornades de juliol de 1822 segons Mazzini

Giuseppe Mazzini (Gènova, 1805-Pisa, 1872) va ser un polític i filòsof italià. Influenciat pel romanticisme, va esdevenir uns dels principals pensadors de la unificació italiana, així com un dels més destacats teòrics dels moviments europeus democràtics i republicans. Interessat des de molt jove per l’evolució política espanyola, ja que va mantenir contacte amb els revolucionaris liberals tant de l’exili com de l’interior del país, el 1829, a París, va escriure la seva obra De l’Espagne en 1829 considérée par rapport à la France, on exposava la seva visió, entre d’altres qüestions, sobre els fets del Trienni Liberal:

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Giuseppe Mazzini

Al fin triunfa el genio protector de España, y la revolución de la isla de León viene a coronar de éxito merecido los esfuerzos de los verdaderos españoles. Esta revolución, efectuada en poco tiempo por el concurso del pueblo y de las tropas, sin la menor efusión de sangre, sin que se lance un insulto contra la persona real, quedará como monumento imperecedero de la virtud española y de la unanimidad que reinaba en los corazones en favor de la libertad. Entonces Fernando [VII] por del decreto de 7 de marzo de 1820 promulgó su adhesión a la Carta española [la Constitució de 1812]; entonces juró voluntaria y solemnemente mantenerla como ley del Estado porque, decía, en su decreto, se ha pronunciado la voluntad del pueblo.

Entonces el pueblo español ofreció el espectáculo de una gran familia, reunida a sus jefes por el amor y la confianza. Las potencias europeas conservaron sus embajadores en Madrid, y reconocieron así la legitimidad del nuevo gobierno. Todo parecía garantizar un largo futuro de felicidad y, sin embargo, el despotismo conspiraba en la sombra, se urdían tramas, y los miserables establecían en el seno de la capital la sede de sus cobardes maquinaciones. El pueblo español, a quien la mala fe de la administración pública y las traiciones del jefe del poder ejecutivo, daban el derecho de proveer a su seguridad por todos los medios posibles; el pueblo español, siempre grande, siempre magnánimo, ahogaba el grito de venganza que legitimaban los lamentos de tantas víctimas, y se limitaba a deshacer los complots por una actitud enérgica y marcial.

El pueblo español hacía más: defendía, con las armas en la mano, el Palacio Real, contra el furor del populacho indignado. Fueron los mismos hombres que Fernando envió a la muerte unos años después, los que le garantizaron de todo ultraje en la jornada del 7 de julio de 1822. ¡Jornada que será siempre memorable! En este día los españoles han justificado la reputación de lealtad, que les acompañó siempre a través de los siglos y que permitió a sus Reyes dormir sin guardia en el palacio hasta fines del siglo XVII.

Sobre este día reposa la completa justificación de la Revolución española, porque se vio entonces el espectáculo único de un pueblo armado para la defensa de los mismos que le traicionaban. Se vio a los simples ciudadanos acudir para asegurar la vida de quien les había sacrificado a su desmesurada ambición, aquel que más tarde les castigaría con la muerte. La virtud española brilló ese día sin mancha: mostró al mundo asombrado lo que puede la libertad, lo que puede la generosidad en un pueblo a quien la opresión no había dejado otro patrimonio que el furor. Ah, ¡Los que calumnian la Revolución de 1820 deben comenzar por borrar el recuerdo de esta jornada de los fastos de la historia de los corazones justos y virtuosos!

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