Els afrancesats

Una minoria d’espanyols han estat qualificats d’afrancesats per col·laborar amb la monarquia bonapartista de Josep I. En aquest sentit, cal tenir en compte que més de cent mil persones van col·laborar amb el poder francès i prop de dos milions d’espanyols van donar jurament a Josep I Bonaparte. L’afrancesament suposava, tot i la forta crítica que ha rebut per una part de la historiografia, una opció política reformista més, enfrontada a l’immobilisme de l’absolutisme i alternativa a la ruptura que proposaven els liberals.

És cert que va existir una minoria afrancesada per raons de convicció ideològica, però la majoria dels col·laboracionistes el que buscaven era una sortida reformista davant de la crisis de l’Antic Règim. D’aquesta manera, el perfil sociològic dels afrancesats era força divers. Entre ells hi havia intel·lectuals, alts funcionaris i una part de l’alta noblesa que, procedents en la seva majoria dels anys del despotisme il·lustrat, van sentir-se vinculats amb el programa reformista de Napoleó i advocaven per un poder fort que modernitzés Espanya sense el risc d’un esclat revolucionari com havia passat a França.

Al final de la guerra, molts d’aquests afrancesats van haver d’exiliar-se davant la persecució iniciada per Ferran VII, que va ficar en el mateix sac a afrancesats i liberals. Així, de les 12.000 famílies d’espanyols que van haver de marxar cap a l’exili des de 1813 per haver col·laborat amb l’administració napoleònica, el 79% de la població civil procedia del funcionariat de l’administració i de la classe política, i gairebé una quarta part eren militars. La repressió va fer que aquests desapareguessin com a grup polític, tot i que la majoria dels afrancesats acabaria formant part de la dreta liberal.

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Josep I Bonaparte

Aquest és el testimoni de Miguel José de Azanza i Gonzalo O’Farril sobre els fets que justificaven la seva conducta afrancesada en temps de la Guerra de la Independència segons la seva Memoria sobre los hechos que justifican su conducta política desde marzo de 1808 hasta abril de 1814 (París, 1814):

Cuando a mediados de julio de 1808 capituló en Bailén el cuerpo de ejército que mandaba el general Dupont, se exaltó el entusiasmo nacional y se dedujo de este suceso que podía hacerse la guerra con iguales y aun mayores ventajas. Precisados los franceses a concentrar sus fuerzas y a retroceder al Ebro, tuvo el rey José que evacuar Madrid en fin de julio, y este acontecimiento, poniendo a todos en libertad de elegir y decidirse por el partido que juzgasen podía prevalecer, cada uno obró conforme al juicio que formó de las vicisitudes y consecuencias ulteriores de la guerra.

Entonces puede decirse que se formaron dos partidos, si así quiere llamarse a dos opiniones, abrazadas por unos y otros de buena fe y que tenían por objeto lo que más convenía al bien de la nación en el concepto de cada uno. De ahí provino que los unos, o sobresaltados con las amenazas del pueblo y sus atroces venganzas, o consultando su posición personal y relaciones e intereses de familia, o favorecidos de la circunstancia de no haber hecho nada que diese a conocer su opinión política, se decidieron a quedarse en Madrid, mientras que otros se resolvieron a salir de la capital, retirándose con el ejército del rey José a Vitoria.

En todo esto no se ve obrar otro principio que el de la opinión sobre el éxito probable de la guerra. ¿Y qué otro principio ha guiado en todos tiempos y países a los hombres cuando han visto conjuradas contra su patria la política y una fuerza superior e irresistible? Sería un delirio el querer suponer facciones en un estado y en una guerra en que se no se trataba de mudar la forma de gobierno ni existían bandos que aspirasen o se disputasen el bando supremo: guerra que no presentaba entonces otro objeto que el derramar arroyos de sangre para probar a la nación si, hallándose privada de sus antiguos soberanos, le convenía conservar su independencia y recibir un rey constitucional sostenido por las fuerzas de un Imperio que daba la ley a toda Europa. Cualquiera otro país o nación donde hubiesen sucedido los acontecimientos que en España, hubiera infaliblemente presentado los mismos fenómenos, la misma diferencia de opiniones y de conducta, siendo compatible con una y otra la mejor intención; ningún hombre imparcial hallaría dificultad en reconocer que todos aspiraban sinceramente a salvar la patria: los unos por la sumisión y los otros por la guerra […].

A vista de este cuadro que presentaba la nación, ¿qué hay que admirarse de la fluctuación e incertidumbre en que oscilaba la opinión y conducta de los hombres más sensatos? La reprobación de la guerra estaba pintada en el semblante de todos ellos, y la general reserva que todos observaban en su porte se hizo tan notable, que fueron muy contados los hombres que pudieron evitar la nota de sospechosos. Todas las pasiones se desencadenaron y los homicidios se aplaudían como actos positivos de patriotismo. Destituidas todas las autoridades, el mando supremo se halló de repente depositado en manos inexpertas: unas, porque a favor de la confusión y del desorden lo arrebataron; otras, al contrario, porque las intimidaron y obligaron a ejercer funciones, las más ajenas de sus conocimientos y profesión. Libertad de deliberar, ninguna o precaria, porque las Juntas que se reconocían mandatarias del pueblo soberano, nada se atrevían a disponer sin esperar su iniciativa.

En fin, si la apariencia de nuestros recursos, cuya desproporción no era dada a todos conocer, mantenía en unos la duda y en otros la confianza que se podía combatir sin temeridad el desorden y la anarquía, a que no se veía un término sino remoto, los hicieron a todos desmayar: ¡Felices en tan delicada crisis los que no teniendo cargo alguno en el Gobierno podían esperar en silencio y en sus casas a que se serenase la general tormenta y a dejarse conducir al puerto en la nave que a otros incumbía gobernar! ¡Pero desgraciados y dignos de compasión los que por sus empleos han contraído la obligación de dirigir y aconsejar, y cuyo empleo y conducta se han de mirar siempre como un fallo y juicio deducido de principios bien calculados, como que han de servir de guía a los demás!

Constituidos en la obligación de no ver las cosas a otra luz que la de la propia imparcialidad, y a no desmentir el testimonio de nuestras conciencias, ¿qué podíamos pronunciar sobre los resultados más probables de la guerra, sino hacer esta sola reflexión? Una población de once millones de almas y un pie de ejército de sesenta mil hombres, aunque se cuadriplique con nuevas levas, no resiste mucho tiempo a una población de cuarenta millones y a un ejército de cuatrocientos mil hombres de tropa, las más aguerridas de la Europa y dirigidas por una sola cabeza, que están en posición de triunfar en todas partes. Este juicio se ha frustrado, es verdad; pero sin una inspiración divina, ¿quién haría entonces la predicción contraria y la de todo lo que ha pasado?

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