La mitificació de la Guerra de Independència

La denominació de Guerra de la Independència per a qualificar la guerra napoleònica a Espanya prové de l’àmbit liberal que li donava un contingut romàntic: el poble lluitant contra un enemic invasor a la recerca de la llibertat i la independència del seu territori. La guerra i la revolució serien dos elements que conviurien en el mateix conflicte. En conjunt, la Guerra de la Independència es convertirà en un mite i en un dels fonaments fundacionals del nacionalisme espanyol.

Ja el 1810, Flórez Estrada, escriuria Introducción para la historia de la revolución en España i el Conde de Toreno Historia del levantamiento, guerra i revolución de España el 1835. A continuació reproduïm un text anònim de 1835 on es pot observar aquesta mitificació del conflicte que va realitzar-se des del camp liberal: Observaciones sobre la Historia Moderna del siglo XIX desde la Guerra de la Independencia hasta la caída del Gobierno Constitucional en 1823.

La guerra de la independencia con la que comienza para España la historia del siglo 19, es sin duda el acontecimiento más grande y memorable de que ha podido ser teatro pueblo alguno. Por mucho que se haya hablado y escrito, tanto sobre el suceso en sí, como sobre sus inmensos resultados, nunca se podrá exponerle al público con todos los títulos a la admiración del género humano de que es digno. Una nación de doce millones de habitantes que abandonada así misma se levanta en masa se levanta en masa y simultáneamente contra el hombre grande y formidable que a la sazón se consideraba como el árbitro de los destinos del continente de Europa; una nación que sin tener en cuenta a los egercitos formidables, dueños ya de sus Plazas fuertes y casi todo su vasto territorio se pronuncia de un modo tan solemne contra esa violencia y agresión, presenta una de sus figuras más sublimes que puedan verse en el cuadro de la especie humana.

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Es seguramente extraordinario este fenómeno; pero se explica considerando la circunstancia feliz de que todos los sentimientos nacionales hubiesen convergido entonces hacia un punto único. Tembló la aristocracia por sus privilegios, y las demás clases dominantes por su influencia: se indignaron los hombres de elevados sentimientos, al ver vilipendiado el honor de la nación con una infracción escandalosa de los derechos más legítimos; se irritó el pueblo al aspecto de la opresión y la violencia con que iba acompañada una invasión que reunía a ellas el insulto y el desprecio; se alarmaron igualmente las conciencias timoratas que creyeron ver en este cambio una era de impiedad y la destrucción del edificio religioso. Así, grandes, pequeños, instruidos, ignorantes, las clases más elevadas como las del vulgo, todos convinieron simultáneamente y por instinto en que eran preferibles todos los males, y hasta el de la muerte, á la ignominia de tolerar una dominación que se presentaba con tan funestos y humilladores caracteres […].

Ocupado el interior del país, abandonada la nación de sus antiguos gefes, no quedaba más recurso que formarse un gobierno análogo a la situación particular de las provincias. Cada uno confió la dirección de todos los negocios á una Junta de las personas más notables del país que egercieron desde un principio todos los poderes del estado, el administrativo, como el legislativo, como el judicial. Jamás el pueblo se metió en averiguar ni el verdadero origen de su actividad, ni la extensión de sus poderes. Unos mandaban, obedecían los otros sin ninguna repugnancia; y como la guerra nacional era el negocio que absorbía todas las atenciones públicas, todo el mundo trató de cooperar por su parte al desarrollo de un sentimiento único, incompatible entonces con la discusión de teorías políticas.

Se emprendió, pues, la guerra bajo la dirección de estas Juntas parciales […]. Cuando se vio algo desembarazado el territorio, y la posibilidad de concentrar la dirección de todos los negocios, se formó con delegados de estas Juntas primitivas una sola; era otro progreso natural aconsejado por las circunstancias. Las Juntas provinciales pasaron de ser supremas y legisladoras a puramente administrativas, bajo la dirección de la Central […].

La Junta Central formada de una manera tan sencilla é instalada con aplauso universal, no fue dichosa en su gobierno. Demasiado numerosa para administrar, y demasiado poco para egercer el poder legislativo, se vio objeto de censura en un tiempo en que los ánimos de los españoles ya propendían naturalmente a ocuparse de política […]. Gastada la Junta Central antes de tiempo, agitada en su seno por discordias, objeto de reprobación y de censura; y pareciéndole por otra parte que ya era tiempo de dar a la Potestad suprema una forma más regular y en armonía con las opiniones dominantes, resignó su poder en las manos de una Junta de regencia cuya autoridad fue reconocida sin ninguna repugnancia, como lo había sido antes la suya propia y la de las Juntas provinciales.

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